martes 10 de noviembre de 2009

Algo anda mal


¡Ay, que sutileza la del muchachito!
Se acerca, se sienta en mi mesa y empieza a hablar como si en serio quisiera hablar.
No se preocupe, compita, mejor vamos al grano, ¿qué es lo que quiere? ¿Una noche, dos noches, un mes? - pienso (Y la voz del maldito en mi cerebro: -vos sos una “one night stand girl”- ssssssshhhhhh, callate, que estoy con un tipo).

Disculpa, es que me duele un poco la cabeza. ¿Decías algo?
El joven relata la razón por la cual esta en el mismo lugar que yo; baja sus ojos de cuando en cuando, busca mi mirada y pega de frente con un muro de piedras.
(Por dentro mi fantasmita no amigable decide reaparecer y punzarme con un tridente de culpa).
Agacho la mirada como sintiendo vergüenza de mí misma. El individuo sigue hablando.

Es hora de la pastilla anti ex-piritus chocarreros.

¿Qué estás tomando? Me pregunta el susodicho.
Lo medito por unos segundos y respondo: whisky, negro, con hielo. (Mentira, no tomo eso, siempre tomo cerveza, pero ya que invita, pues hay que aprovechar, ¿no?).
Él se levanta, va hacia la barra y ordena las bebidas, yo lo observo recatadamente. Mmm, no está tan mal este ser, tiene una buena estatura, me gustan sus facciones, me gusta su pelo, lástima que no lo escuché decir ni una sola palabra de su relato. En fin, aquí viene de nuevo.

Me acomodo el escote, la pintura de labios, y justamente mientras se sienta la sonrío en signo de agradecimiento.
¿de donde sos? - me pregunta. Soy de Cabronalandia ¿y usted? (El usted lo inserto a propósito ya que todavía queda mucho hielo que romper). Soy de por aquí, cerquita.
Ah, veo.
(Luego viene un típico, trillado, pero verdadero silencio incómodo)

¡¡Puff!!, sobre mi hombro derecho hay un pequeño diablito rojo: ¡no puedes sacarme de tu mente, no puedes sacarme de tu mente, no puedes...!

Disculpe, voy al baño, ya regreso. Me levanto torpemente.

Es imposible que cada vez que yo quiera pasar un rato ameno con otro ser masculino aparezca ese desecho de humano y se lo traiga todo al piso. ¡Andate de aquí, ya no te quiero! Abro el tubo del lavatorio y el agua fría refresca mis manos. Miro al espejo y encuentro una figura un tanto jorobada, con los labios quemados, con las ojeras marcadas, con las tetas caídas y un ojo ligeramente más abierto que otro. Súbitamente mi imagen se convierte en la suya, o mejor dicho, en la imagen que él proyectó en mí todo el tiempo. ¡Me veo y lo veo al mismo tiempo!

¡Te dije que te fueras, hijo de puta!

Recojo con papel higiénico el autoestima que se me cayó en el piso y sonrío en el espejo, salgo del baño pero sé que por el resto de la noche, si es que mi Romeo no se ha ido, voy a tener un hombre en frente mío y otro en mi cabeza. Reprochando, apuntando, burlándose, como tantas veces lo hizo antes. ¡Es por eso que necesito un exorcismo, y pronto!

1 comentarios:

Indigo dijo...

Uy... q buena narrativa... me gusto la forma de expresar su introspeccion en la historia!

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